Con la pena propia del último festejo de feria, pero también con la expectación que siempre despierta la divisa de Miura, acudía un día más a mi localidad.
Se lidiaron seis toros de Miura para Manuel Escribano, Pepe Moral y Román. El segundo hubo de ser devuelto por inválido, siendo sustituido por un sobrero de la misma ganadería. Presidió Gabriel Fernández Rey, cuya actuación resulta difícil de comprender. Aprobó el deslucido y bizco sexto, dejando como sobrero precisamente al que terminó saltando al ruedo en 2º lugar. Además, nos privó de una tercera vara en el quinto de la tarde.
Escribano recibió a su primero de rodillas con una larga cambiada; no puede hablarse propiamente de puerta gayola, pues se situó más cerca de la boca de riego que de la segunda raya. El toro, tras desentenderse, saltó al callejón sin problema alguno. Lo llevó al caballo con un galleo por chicuelinas. Pepe Moral se limitó en su quite a sacarlo del caballo y dejar una media, lo cual, en ocasiones, se agradece. Tras un tercio de varas donde se picó muy trasero, Escribano tomó los palos sin llegar a cuadrar ni un solo par en la cara del toro. En la muleta, el animal se mostró muy parado, pero tampoco el torero supo aprovechar las escasas embestidas que ofrecía por el pitón izquierdo. Mató de una estocada muy trasera.
En el cuarto, volvió a irse a los medios para recibir de rodillas, continuando después con verónicas en las que hubo un pequeño susto. Cumplió dejándolo largo en varas, algo siempre de agradecer. En banderillas, volvió a clavar a toro pasado, fallando incluso en su habitual quiebro. Quizá sea momento de replantearse su continuidad en este tercio. Con la muleta dejó algún natural estimable y, tras una buena estocada, cortó una oreja que no pedí, aunque tampoco me resultó molesta.
Pepe Moral recibió tanto al segundo como al sobrero en los medios, también de rodillas, aguantando salidas muy paradas. El titular fue devuelto por inválido, con un espectáculo de Florito, que ofreció una escena más cercana a lo pintoresco que a lo profesional, trepando por el tendido con la chaquetilla en la mano para reconducir al toro a toriles, con celebración incluida. Cada vez, Sevilla se asemeja más a una plaza de pueblo: entre la presentación del ganado, la facilidad para conceder trofeos y episodios como este, el listón baja peligrosamente. El sobrero resultó un toro parado y protestón, al que despachó de un bajonazo tras pinchazo. Quizá lo más reseñable fue un gran par de Juan Sierra.
En el quinto se vio, probablemente, el mejor tercio de varas de la feria, protagonizado por Francisco Romero, que picó con acierto y movió bien al caballo, y por el propio toro, que acudió de largo y empujó con entrega. Resulta incomprensible que se nos negara una tercera vara en tales condiciones. En la muleta, Moral pareció tener miedo, firmando una lidia sobre los pies, antes de matar tras pinchazo, media desprendida y dos descabellos.
Román, en su primero, se encontró con el mejor toro de la tarde para la muleta. Un animal que también se arrancó de largo. Lo entendió con claridad, administrando las distancias y templando la embestida mientras sonaban los “olés” en la Maestranza. Faena sin apenas reproche técnico, aunque, personalmente, no llegó a emocionarme: quizá faltó mayor ajuste o un trazo más profundo, rematado detrás de la cadera. Perdió el triunfo con la espada.
En el sexto, en cambio, un toro muy feo bizco de un pitón, mantuvo más mi atención. Román se mostró firme ante un animal que llegó a derribar al picador en su primer encuentro. Su actuación, en este caso, tuvo mayor peso y verdad.
Guillermo Molinero
Abonado